LAS TRES PLUMAS
Érase una vez un rey que tenía tres hijos, de los cuales dos eran listos y bien dispuestos, mientras
el tercero hablaba poco y era algo simple, por lo que lo llamaban “El lelo”.
Sintiéndose el Rey viejo y débil, pensó que debía arreglar las cosas para después de su muerte, pero
no sabía a cuál de sus hijos legar la corona. Díjoles entonces:
-Marchaos, y aquel de vosotros que me traiga el tapiz más hermoso, será rey a mi muerte.
Y para que no hubiera disputas, llevólos delante del palacio, echó tres plumas al aire, sopló sobre
ellas y dijo:
-Iréis adonde vayan las plumas.
Voló una hacia Levante; otra, hacia Poniente, y la tercera fue a caer al suelo, a poca distancia. Y
así, un hermano partió hacia la izquierda; otro, hacia la derecha, riéndose ambos de “El lelo”, que
siguiendo la tercera de las plumas, hubo de quedarse en el lugar en que había caído.
Sentóse el mozo tristemente en el suelo, pero muy pronto observó que al lado de la pluma había
una trampa. La levantó y apareció una escalera; descendió por ella y llegó ante una puerta. Llamó,
y oyó que alguien gritaba en el interior:
“Ama verde y tronada,
pata arrugada,
trasto de mujer
que no sirve para nada:
a quien hay ahí fuera, en el acto quiero ver.”
Abrióse la puerta, y el príncipe se encontró con un grueso sapo gordo, rodeado de otros muchos
más pequeños. Preguntó el gordo qué deseaba, a lo que respondió el joven:
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-Voy en busca del tapiz más bello y primoroso del mundo.
El sapo, dirigiéndose a uno de los pequeños, le dijo:
“Ama verde y tronada,
pata arrugada,
trasto de mujer
que no sirve para nada:
aquella gran caja me vas a traer.”
Fue el sapo joven a buscar la caja; el gordo la abrió, y sacó de ella un tapiz, tan hermoso y delicado
como no se había tejido otro en toda la supericie de la Tierra. Lo entregó al príncipe. El mozo le
dio las gracias y se volvió arriba.
Los otros dos hermanos consideraban tan tonto al pequeño, que estaban persuadidos de que jamás
lograría encontrar nada de valor.
-No es necesario que nos molestemos mucho -dijeron, y a la primera pastora que encontraron le
quitaron el tosco pañolón que llevaba a la espalda. Luego volvieron a palacio para presentar sus
hallazgos a su padre el Rey. En el mismo momento llegó también “El lelo” con su precioso tapiz y
al verlo el Rey exclamó admirado:
-Si hay que proceder con justicia, el reino pertenece al menor.
Pero los dos mayores importunaron a su padre, diciéndole que aquel tonto de capirote era incapaz
de comprender las cosas; no podía ser rey de ningún modo y le rogaron que les propusiera otra
prueba. Dijo entonces el padre:
-Heredará el trono aquel de vosotros que me traiga el anillo más hermoso -y saliendo con los tres
al exterior, sopló de nuevo tres plumas, destinadas a indicar los caminos. Otra vez partieron los
dos mayores: uno, hacia Levante; otro, hacia Poniente, y otra vez fue a caer la pluma del tercero
junto a la trampa del suelo. Descendió de nuevo la escalera subterránea y se presentó al sapo gordo,
para decirle que necesitaba el anillo más hermoso del mundo. El sapo dispuso que le trajesen
inmediatamente la gran caja y, sacándolo de ella, dio al príncipe un anillo refulgente de pedrería,
tan hermoso, que ningún orfebre del mundo habría sido capaz de fabricarlo. Los dos mayores se
burlaron de “El lelo”, que pretendía encontrar el objeto pedido; sin apurarse, quitaron los clavos
de un viejo aro de coche y lo llevaron al Rey. Pero cuando el menor se presentó con su anillo de
oro, el Rey hubo de repetir:
-Suyo es el reino.
Pero los dos no cesaron de importunar a su padre, hasta que consiguieron que impusiese una
tercera condición, según la cual heredaría el trono aquel que trajese la doncella más hermosa.
Volvió a echar al aire las tres plumas, que tomaron las mismas direcciones de antes.
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Nuevamente bajó “El lelo” las escaleras, en busca del grueso sapo y le dijo:
-Ahora tengo que llevar a palacio a la doncella más hermosa del mundo.
-¡Caramba! -replicó el sapo-. ¡La doncella más hermosa! No la tengo a mano, pero te la
proporcionaré.
Y le dio una zanahoria vaciada, de la que tiraban, como caballos, seis ratoncillos.
Preguntóle “El lelo”, con tristeza:
-¿Y qué hago yo con esto?
Y le respondió el sapo:
-Haz montar en ella a uno de mis sapos pequeños.
Cogiendo el mozo al azar uno de los del círculo, lo instaló en la zanahoria amarilla. Mas apenas
estuvo en ella, transformóse en una bellísima doncella; la zanahoria, en carroza, y los seis ratoncitos,
en caballos. Dio un beso a la muchacha, puso en marcha los corceles y dirigióse al encuentro del
Rey. Sus hermanos llegaron algo más tarde. No se habían tomado la menor molestia en buscar una
mujer hermosa, sino que se llevaron las primeras campesinas de buen parecer. Al verlas el Rey,
exclamó:
-El reino será, a mi muerte, para el más joven.
Pero los mayores volvieron a aturdir al anciano, gritando:
-¡No podemos permitir que “El lelo” sea rey! -y exigieron que se diese la preferencia a aquel cuya
mujer fuese capaz de saltar a través de un aro colgado en el centro de la sala. Pensaban: “Las
campesinas lo harán fácilmente, pues son robustas; pero la delicada princesita se matará.” Accedió
también el viejo rey. Y he aquí que saltaron las dos labradoras; pero eran tan pesadas y toscas, que
se cayeron y se rompieron brazos y piernas. Saltó a continuación la bella damita que trajera “El
lelo” y lo hizo con la ligereza de un corzo, por lo que ya toda resistencia fue inútil. Y “El lelo”
heredó la corona y reinó por espacio de muchos años con prudencia y sabiduría.
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MADRE NIEVE
Cierta viuda tenía dos hijas, una de ellas hermosa y diligente; la otra, fea y perezosa. Sin embargo,
quería mucho más a esta segunda, porque era verdadera hija suya y cargaba a la otra todas las
faenas del hogar, haciendo de ella la cenicienta de la casa. La pobre muchacha tenía que sentarse
todos los días junto a un pozo, al borde de la carretera y estarse hilando hasta que le sangraban
los dedos. Tan manchado de sangre se le puso un día el huso, que la muchacha quiso lavarlo en el
pozo, y he aquí que se le escapó de la mano y le cayó al fondo. Llorando, se fue a contar lo ocurrido
a su madrastra, y ésta, que era muy dura de corazón, la riñó ásperamente y le dijo:
-¡Puesto que has dejado caer el huso al pozo, irás a sacarlo!
Volvió la muchacha al pozo, sin saber qué hacer y en su angustia, se arrojó al agua en busca del
huso. Perdió el sentido y al despertarse y volver en sí, encontróse en un bellísimo prado bañado de
sol y cubierto de millares de lorecillas. Caminando por él, llegó a un horno lleno de pan, el cual
le gritó:
-¡Sácame de aquí! ¡Sácame de aquí, que me quemo! Ya estoy bastante cocido.
Acercóse ella y con la pala fue sacando las hogazas. Prosiguiendo su camino, vio un manzano
cargado de manzanas, que le gritó, a su vez:
-¡Sacúdeme, sacúdeme! Todas las manzanas estamos ya maduras.
Sacudiendo ella el árbol, comenzó a caer una lluvia de manzanas, hasta no quedar ninguna, y
después que las hubo reunido en un montón, siguió adelante. Finalmente, llegó a una casita, en una
de cuyas ventanas estaba asomada una vieja; pero como tenía los dientes muy grandes, la niña echó
a correr, asustada. La vieja la llamó:
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-¿De qué tienes miedo, hijita? Quédate conmigo. Si quieres cuidar de mi casa, lo pasarás muy bien.
Sólo tienes que poner cuidado en sacudir bien mi cama para que vuelen las plumas, pues entonces
nieva en la Tierra. Yo soy la Madre Nieve
4
.
Al oír a la vieja hablarle en tono tan cariñoso, la muchacha cobró ánimos, y aceptando el
ofrecimiento, entró a su servicio. Hacía todas las cosas a plena satisfacción de su ama, sacudiéndole
vigorosamente la cama, de modo que las plumas volaban cual copos de nieve. En recompensa,
disfrutaba de buena vida, no tenía que escuchar ni una palabra dura y todos los días comía cocido
y asado. Cuando ya llevaba una temporada en casa de Madre Nieve, entróle una extraña tristeza,
que ni ella misma sabía explicarse, hasta que, al in, se dio cuenta de que era nostalgia de su tierra.
Aunque estuviera allí mil veces mejor que en su casa, añoraba a los suyos, y así, un día dijo a su
ama:
-Siento nostalgia de casa y aunque estoy muy bien aquí, no me siento con fuerzas para continuar;
tengo que volverme a los míos.
Respondió Madre Nieve:
-Me place que sientas deseos de regresar a tu casa, y puesto que me has servido tan ielmente, yo
misma te acompañaré.
Y, tomándola de la mano, la condujo hasta un gran portal. El portal estaba abierto y en el momento
de traspasarlo la muchacha, cayóle encima una copiosísima lluvia de oro; y el oro se le quedó
adherido a los vestidos, por lo que todo su cuerpo estaba cubierto del precioso metal.
-Esto es para ti, en premio de la diligencia con que me has servido -díjole Madre Nieve, al tiempo
que le devolvía el huso que le había caído al pozo. Cerróse entonces el portal y la doncella se
encontró de nuevo en el mundo, no lejos de la casa de su madre. Y cuando llegó al patio, el gallo,
que estaba encaramado en el pretil del pozo, gritó:
“¡Quiquiriquí,
nuestra doncella de oro vuelve a estar aquí!”
Entró la muchacha, y tanto su madrastra como la hija de ésta la recibieron muy bien al ver que
venía cubierta de oro.
Contóles la muchacha todo lo que le había ocurrido, y al enterarse la madrastra de cómo había
adquirido tanta riqueza, quiso procurar la misma fortuna a su hija, la fea y perezosa. Mandóla,
pues, a hilar junto al pozo, y para que el huso se manchase de sangre, la hizo que se pinchase en
4 En Hesse, cuando nieva, dicen, “Madre Nieve está haciendo la cama”.
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un dedo y pusiera la mano en un espino. Luego arrojó el huso al pozo y a continuación saltó ella.
Llegó, como su hermanastra, al delicioso prado, y echó a andar por el mismo sendero. Al pasar
junto al horno, volvió el pan a exclamar:
-¡Sácame de aquí! ¡Sácame de aquí, que me quemo! Ya estoy bastante cocido.
Pero le replicó la holgazana:
-¿Crees que tengo ganas de ensuciarme? -y pasó de largo. No tardó en encontrar el manzano, el
cual le gritó:
-¡Sacúdeme, sacúdeme! Todas las manzanas estamos ya maduras.
Replicóle ella:
-¡Me guardaré muy bien! ¿Y si me cayese una en la cabeza? -y siguió adelante. Al llegar frente a
la casa de Madre Nieve, no se asustó de sus dientes porque ya tenía noticia de ellos, y se quedó a
su servicio. El primer día se dominó y trabajó con aplicación, obedeciendo puntualmente a su ama,
pues pensaba en el oro que iba a regalarle. Pero al segundo día empezó ya a haraganear; el tercero
se hizo la remolona al levantarse por la mañana, y así, cada día peor. Tampoco hacía la cama según
las indicaciones de Madre Nieve, ni la sacudía de manera que volasen las plumas. Al in, la señora
se cansó y la despidió, con gran satisfacción de la holgazana, pues creía llegada la hora de la lluvia
de oro. Madre Nieve la condujo también al portal; pero en vez de oro vertieron sobre ella un gran
caldero de brea.
-Esto es el pago de tus servicios -le dijo su ama, cerrando el portal. Y así se presentó la perezosa en
su casa, con todo el cuerpo cubierto de brea, y el gallo del pozo, al verla, se puso a gritar:
“¡Quiquiriquí,
nuestra sucia doncella vuelve a estar aquí!”
La brea le quedó adherida, y en todo el resto de su vida no se la pudo quitar del cuerpo.
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EL ENEBRO
Hace ya mucho, mucho tiempo, como unos dos mil años, vivía un hombre millonario que tenía una
mujer tan bella como piadosa. Se amaban tiernamente, pero no tenían hijos, a pesar de lo mucho
que los deseaban; la esposa los pedía al cielo día y noche; pero no venía ninguno. Frente a su casa,
en un patio, crecía un enebro, y un día de invierno en que la mujer se encontraba debajo de él
pelando una manzana, se cortó en un dedo y la sangre cayó en la nieve.
-¡Ay! -exclamó con un profundo suspiro y al mirar la sangre, le entró una gran melancolía: “¡Si
tuviese un hijo rojo como la sangre y blanco como la nieve!”, y al decir estas palabras, sintió
de pronto en su interior una extraña alegría; tuvo el presentimiento de que iba a ocurrir algo
inesperado.
Entró en su casa, pasó un mes y se descongeló la nieve; a los dos meses, todo estaba verde, y las
lores brotaron del suelo; a los cuatro, todos los árboles eran un revoltijo de nuevas ramas verdes.
Cantaban los pajaritos y sus trinos resonaban en todo el bosque, y las lores habían caído de los
árboles al terminar el quinto mes; y la mujer no se cansaba de pasarse horas y horas bajo el enebro,
que tan bien olía. El corazón le saltaba de gozo, cayó de rodillas y no cabía en sí de regocijo. Y
cuando ya hubo transcurrido el sexto mes y los frutos estaban ya abultados y jugosos, sintió en
su alma una gran placidez y quietud. Al llegar el séptimo mes comió muchas bayas de enebro, y
enfermó y sintió una profunda tristeza. Pasó luego el octavo mes, llamó a su marido y llorando, le
dijo:
-Si muero, entiérrame bajo el enebro.
Y, de repente, se sintió consolada y contenta, y de este modo transcurrió el mes noveno. Dio
entonces a luz un niño blanco como la nieve y colorado como la sangre y al verlo fue tal su alegría,
que murió.
Su esposo la enterró bajo el enebro y no terminaba de llorar; al cabo de algún tiempo, sus lágrimas
empezaron a manar menos, al in se secaron, y el hombre tomó otra mujer.
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Con su segunda esposa tuvo una hija, y ya dijimos que del primer matrimonio le había quedado
un niño rojo como la sangre y blanco como la nieve. Al ver la mujer a su hija, quedó prendada
de ella; pero cuando miraba al pequeño, los celos le oprimían el corazón; le parecía que era un
estorbo continuo, y no pensaba sino en tratar que toda la fortuna quedase para su hija. El demonio
le inspiró un odio profundo hacia el niño; empezó a mandarlo de un rincón a otro, tratándolo a
empujones y codazos, por lo que el pobre pequeñito vivía en constante sobresalto. Cuando volvía
de la escuela, no había un momento de reposo para él.
Un día en que la mujer estaba en el piso de arriba, acudió su hijita y le dijo:
-¡Mamá, dame una manzana!
-Sí, hija mía -asintió la madre, y le ofreció una muy hermosa que sacó del arca. Pero aquella arca
tenía una tapa muy grande y pesada, con una cerradura de hierro ancha y cortante.
-Mamá, -prosiguió la niña- ¿no podrías darle también una al hermanito?
La mujer hizo un gesto de mal humor, pero respondió:
-Sí, cuando vuelva de la escuela.
Y he aquí que cuando lo vio venir desde la ventana, como si en aquel mismo momento hubiese
entrado en su alma el demonio, quitando a la niña la manzana que le diera, le dijo:
-¡No vas a tenerla tú antes que tu hermano!
Y volviendo el fruto al arca, la cerró. Al llegar el niño a la puerta, el maligno le inspiró que lo
acogiese cariñosamente:
-Hijo mío, ¿te apetecería una manzana? -preguntó al pequeño, mirándolo con ojos coléricos.
-Mamá, -respondió el niño- ¡pones una cara que me asusta! ¡Sí, quiero una manzana!
Y la voz interior del demonio le hizo decir:
-Ven conmigo, -y levantando la tapa de la caja- agárralo tú mismo.
Y al inclinarse el pequeño, volvió a tentarla el diablo. De un golpe brusco cerró el arca con
tanta violencia, que cortó en redondo la cabeza del niño, la cual cayó entre las manzanas. En el
mismo instante sintió la mujer una gran angustia y pensó: “¡Ojalá no lo hubiese hecho!” Bajó a su
habitación y sacó de la cómoda un paño blanco; colocó nuevamente la cabeza sobre el cuello, le
ató el paño a modo de bufanda, de manera que no se notara la herida y sentó al niño muerto en una
silla delante de la puerta, con una manzana en la mano.
Mas tarde, Marlenita entró en la cocina, en busca de su madre. Ésta estaba junto al fuego y agitaba
el agua hirviendo que tenía en un puchero.
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-Mamá, -dijo la niña- el hermanito está sentado delante de la puerta; está todo blanco y tiene una
manzana en la mano. Le he pedido que me la dé, pero no me responde. ¡Me ha dado mucho miedo!
-Vuelve -le dijo la madre- y si tampoco te contesta, le pegas un coscorrón.
Y salió Marlenita y dijo:
-¡Hermano, dame la manzana! -pero al seguir él callado, la niña le pegó un golpe en la cabeza, la
cual, se desprendió y cayó al suelo. La chiquita se asustó terriblemente y rompió a llorar y gritar.
Corrió al lado de su madre y exclamó:
-¡Ay mamá! ¡He cortado la cabeza a mi hermano! -y lloraba desconsoladamente.
-¡Marlenita! -exclamó la madre-. ¿Qué has hecho? Pero cállate, que nadie lo sepa. Como esto ya
no tiene remedio, lo cocinaremos en estofado.
Y, tomando el cuerpo del niño, lo cortó a pedazos, lo echó en la olla y lo coció. Mientras, Marlenita
no hacía sino llorar y llorar, y tantas lágrimas cayeron al puchero, que no hubo necesidad de
echarle sal. Al llegar el padre a casa, se sentó a la mesa y preguntó:
-¿Dónde está mi hijo?
Su mujer le sirvió una gran fuente, muy grande, de carne con salsa negra, mientras Marlenita
seguía llorando sin poder contenerse. Repitió el hombre:
-¿Dónde está mi hijo?
-¡Ay! -dijo la mujer-, se ha marchado a casa de los parientes de su madre; quiere pasar una
temporada con ellos.
-¿Y qué va a hacer allí? Por lo menos podría haberse despedido de mí.
-¡Estaba tan impaciente! Me pidió que lo dejase quedarse allí seis semanas. Lo cuidarán bien; está
en buenas manos.
-¡Ay! -exclamó el padre-. Esto me disgusta mucho. Ha obrado mal; siquiera podía haberme dicho
adiós.
Y empezó a comer; dirigiéndose a la niña, dijo:
-Marlenita, ¿por qué lloras? Ya volverá tu hermano. ¡Mujer! -prosiguió-, ¡qué buena está hoy la
comida! Sírveme más.
Y cuanto más comía, más deliciosa la encontraba.
-Ponme más -insistía-, no quiero que quede nada; me parece como si todo esto fuese mío.
Y seguía comiendo, tirando los huesos debajo de la mesa, hasta que ya no quedó ni pizca.
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Pero Marlenita, yendo a su cómoda, sacó del cajón inferior su pañuelo de seda más bonito, envolvió
en él los huesos que recogió de debajo de la mesa y se los llevó fuera, llorando lágrimas de sangre.
Los depositó allí entre la hierba, debajo del enebro, y cuando lo hizo todo, sintió de pronto un gran
alivio y dejó de llorar. Entonces el enebro empezó a moverse, y sus ramas a juntarse y separarse
como cuando una persona, sintiéndose contenta de corazón, junta las manos dando palmadas. Se
formó una especie de niebla que rodeó el arbolito, y en el medio de la niebla apareció de pronto una
llama, de la cual salió volando un hermoso pajarito, que se elevó en el aire a gran altura, cantando
melodiosamente. Y cuando había desaparecido, el enebro volvió a quedarse como antes; pero el
paño con los huesos se había esfumado. Marlenita sintió en su alma una gran paz y alegría, como
si su hermanito viviese aún. Entró nuevamente en la casa, se sentó a la mesa y comió su comida.
Pero el pájaro siguió volando, hasta llegar a la casa de un orfebre, donde se detuvo y se puso a
cantar:
“Mi madre me mató,
mi padre me comió,
y mi buena hermanita
mis huesecitos guardó,
Los guardó en un pañito
de seda, ¡muy bonito!,
y al pie del enebro los enterró.
Kivit, kivit, ¡qué lindo pajarito soy yo!”
El orfebre estaba en su taller haciendo una cadena de oro, y al oír el canto del pájaro que se había
posado en su tejado, le pareció que nunca había oído nada tan hermoso. Se levantó, y al pasar el
dintel de la puerta, se le salió una zapatilla y así tuvo que seguir hasta el medio de la calle descalzo
de un pie, con el delantal puesto, en una mano la cadena de oro, y la tenaza en la otra; y el sol
inundaba la calle con sus brillantes rayos. Levantando la cabeza, el orfebre miró al pajarito:
-¡Qué bien cantas! -le dijo-. ¡Repite tu canción!
-No -contestó el pájaro-; si no me pagan, no la vuelvo a cantar. Dame tu cadena y volveré a cantar.
-Ahí tienes la cadena -dijo el orfebre-. Repite la canción.
Bajó volando el pájaro, cogió con la patita derecha la cadena y posándose enfrente del orfebre,
cantó:
“Mi madre me mató,
mi padre me comió,
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y mí buena hermanita
mis huesecitos guardó.
Los guardó en un pañito
de seda, ¡muy bonito!,
y al pie del enebro los enterró.
Kivit, kivit, ¡qué lindo pajarito soy yo!”
Voló la avecilla a la tienda del zapatero y, posándose en el tejado, volvió a cantar:
“Mi madre me mató,
mi padre me comió,
y mi buena hermanita
mis huesecitos guardó.
Los guardó en un pañito
de seda, ¡muy bonito!,
y al pie del enebro los enterró.
Kivit, kivit, ¡qué lindo pajarito soy yo!”
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LA MUERTE DE LA GALLINITA
En cierta ocasión, Gallinita y Gallito fueron al monte de los nogales y convinieron en que el que
encontrase una nuez la compartiría con el otro. He aquí que Gallinita encontró una muy grande,
pero no dijo nada, pues quería comérsela ella sola. Pero tanto abultaba la nuez, que no pudo
tragársela y se le quedó atorada. Estaba ella en gran apuro, pues temía ahogarse y gritó:
-¡Gallito, por favor, corre cuanto puedas y tráeme agua, pues me ahogo!
Gallito echó a correr, tan rápidamente como pudo hacia la fuente y al llegar a ella, le dijo:
-Fuente, dame agua; Gallinita está en la nogaleda y se le ha atorado una nuez muy gorda y se está
ahogando.
Respondióle la fuente:
-Corre antes en busca de la novia y dile que te dé seda colorada.
Corrió Gallito a la novia.
-Novia, dame seda colorada, que la llevaré a la fuente, y ella me dará agua para llevarle a Gallinita,
la cual está en la nogaleda con una nuez atorada y a punto de asixiarse.
Respondióle la fuente:
-Corre primero a buscarme una guirnaldita que se me quedó colgada del sauce.
Y corrió Gallito al sauce y descolgando la guirnalda de una rama, llevóla a la novia; y la novia le
dio seda colorada y al entregarle la seda colorada, diole agua la fuente. Gallito llevó entonces el
agua a Gallinita, pero ya era tarde; cuando llegó, Gallinita estaba asixiada, tendida en el suelo,
inmóvil. Quedó Gallito tan triste, que prorrumpió en amargo llanto, y al oírlo, todos los animales
acudieron a compartir su dolor. Y seis ratones construyeron un cochecito para conducir a Gallinita
a su última morada; y cuando el cochecito estuvo listo, se engancharon a él, y Gallito se puso de
cochero. Pero en el camino se les presentó la zorra:
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-¿Adónde vas, Gallito?
-A enterrar a Gallinita.
-¿Me dejas que te acompañe en el coche?
-Sí, pero detrás tendrás que sentarte o mis caballitos no podrán llevarte.
Sentóse la zorra detrás y sucesivamente subieron el lobo, el oso, el ciervo, el león y todos los
animales del bosque. Y así continuó la comitiva hasta llegar a un arroyo.
-¿Cómo lo cruzaremos? -preguntó Gallito.
He aquí que había allí una paja, la cual dijo:
-Me echaré de través y podréis pasar por encima de mí.
Pero no bien los seis ratones hubieron llegado al centro del puente, hundióse la paja, cayéndose al
río, y con ella, los seis ratones, que se ahogaron. Ante el apuro, acercóse una brasa de carbón y dijo:
-Yo soy lo bastante larga para llegar de una orilla a la otra, pasaréis sobre mí.
Y se atravesó encima del agua; pero, habiendo tenido la desgracia de tocarla un poco, dejó oír un
siseo y quedó muerta.
Al verlo una piedra, sintió compasión y deseosa de ayudar a Gallito, púsose a su vez sobre el agua.
Uncióse el propio Gallito al coche y cuando ya casi tenía a Gallinita en suelo irme, al disponerse
a arrastrar a los que iban detrás, como era excesivo el peso de todos, desplomóse el coche y todos
cayeron al agua y se ahogaron. Gallito se quedó solo con Gallinita; cavóle una sepultura, la enterró
en ella y erigióle un túmulo encima. Posándose luego en su cumbre, estuvo llorándola hasta que se
murió. Y helos aquí muertos a todos.
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EL REY PICO DE TORDO
Había una vez un rey que tenía una hija cuya belleza física excedía cualquier comparación, pero
era tan horrible en su espíritu, tan orgullosa y tan arrogante, que ningún pretendiente lo consideraba
adecuado para ella. Los rechazaba uno tras otro, y los ridiculizaba lo más que podía.
En una ocasión el rey hizo una gran iesta y repartió muchas invitaciones para los jóvenes que
estuvieran en condición de casarse, ya fuera vecinos cercanos o visitantes de lejos. El día de la
iesta, los jóvenes fueron colocados en ilas de acuerdo a su rango y posición. Primero iban los
reyes, luego los grandes duques, después los príncipes, los condes, los barones y por último la
clase alta pero no cortesana.
Y la hija del rey fue llevada a través de las ilas y para cada joven ella tenía alguna objeción que
hacer: que muy gordo y parece un cerdo, que muy laco y parece una caña, que muy blanco y
parece de cal, que muy alto y parece una varilla, que calvo y parece una bola, que muy..., que... y
que...., y siempre inventaba algo para criticar y humillar.
Así que siempre tenía algo que decir en contra de cada uno, pero a ella le simpatizó especialmente
un buen rey que sobresalía alto en la ila, pero cuya mandíbula le había crecido en demasía.
-¡Bien -gritaba y reía- ese tiene una barbilla como la de un tordo!
Y desde entonces le dejaron el sobrenombre de Rey Pico de Tordo.
Pero el viejo rey, al ver que su hija no hacía más que mofarse de la gente y ofender a los pretendientes
que allí se habían reunido, se puso furioso y prometió que ella tendría por esposo al primer mendigo
que llegara a sus puertas.
Pocos días después, un músico llegó y cantó bajo las ventanas, tratando de ganar alguito. Cuando
el rey lo oyó, ordenó a su criado:
-Déjalo entrar.
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Así el músico entró, con su sucio y roto vestido, y cantó delante del rey y de su hija, y cuando
terminó pidió por algún pequeño regalo. El rey dijo:
-Tu canción me ha complacido muchísimo y por lo tanto te daré a mi hija para que sea tu esposa.
La hija del rey se estremeció, pero el rey dijo:
-Yo hice un juramento de darte en matrimonio al primer mendigo y lo mantengo.
Todo lo que ella dijo fue en vano. El obispo fue traído y ella tuvo que dejarse casar con el músico
en el acto. Cuando todo terminó, el rey dijo:
-Ya no es correcto para ti, esposa de músico, permanecer de ahora en adelante dentro de mi palacio.
Debes de irte junto con tu marido.
El mendigo la tomó de la mano, y ella se vio obligada a caminar a pie con él. Cuando ya habían
caminado un largo trecho llegaron a un bosque y ella preguntó:
-¿De quién será tan lindo bosque?
-Pertenece al rey Pico de Tordo. Si lo hubieras aceptado, todo eso sería tuyo -respondió el músico
mendigo.
-¡Ay, que muchacha más infeliz soy, si sólo hubiera aceptado al rey Pico de Tordo!
Más adelante llegaron a una pradera y ella preguntó de nuevo:
-¿De quién serán estas hermosas y verdes praderas?
-Pertenecen al rey Pico de Tordo. Si lo hubieras aceptado, todo eso sería tuyo -respondió otra vez
el músico mendigo.
-¡Ay, que muchacha más infeliz soy, si sólo hubiera aceptado al rey Pico de Tordo!
Y luego llegaron a un gran pueblo y ella volvió a preguntar:
-¿A quién pertenecerá este lindo y gran pueblo?
-Pertenece al rey Pico de Tordo. Si lo hubieras aceptado, todo eso sería tuyo -respondió el músico
mendigo.
-¡Ay, que muchacha más infeliz soy, si sólo hubiera aceptado al rey Pico de Tordo!
-Eso no me agrada -dijo el músico-, oírte siempre deseando otro marido. ¿No soy suiciente para
ti?
Al in llegaron a una pequeña choza y ella exclamó:
-¡Ay Dios!, que casita tan pequeña. ¿De quién será este miserable tugurio?
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El músico contestó:
-Esta es mi casa y la tuya, donde viviremos juntos.
Ella tuvo que agacharse para poder pasar por la pequeña puerta.
-¿Dónde están los sirvientes? -dijo la hija del rey.
-¿Cuáles sirvientes? -contestó el mendigo.
-Tú debes hacer por ti misma lo que quieras que se haga. Para empezar enciende el fuego ahora
mismo y pon agua a hervir para hacer la cena. Estoy muy cansado.
Pero la hija del rey no sabía nada de cómo encender fuegos o cocinar y el mendigo tuvo que darle
una mano para que medio pudiera hacer las cosas. Cuando terminaron su raquítica comida fueron
a su cama y él la obligó a que en la mañana debería levantarse temprano para poner en orden la
pequeña casa.
Por unos días ellos vivieron de esa manera lo mejor que podían y gastaron todas sus provisiones.
Entonces el hombre dijo:
-Esposa, no podemos seguir comiendo y viviendo aquí, sin ganar nada. Tienes que confeccionar
canastas.
Él salió, cortó algunas tiras de mimbre y las llevó adentro. Entonces ella comenzó a tejer, pero las
fuertes tiras herían sus delicadas manos.
-Ya veo que esto no funciona -dijo el hombre.
-Más bien ponte a hilar, tal vez lo hagas mejor.
Ella se sentó y trató de hilar, pero el duro hilo pronto cortó sus suaves dedos que hasta sangraron.
-Ves -dijo el hombre- no calzas con ningún trabajo. Veo que hice un mal negocio contigo. Ahora
yo trataré de hacer comercio con ollas y utensilios de barro. Tú te sentarás en la plaza del mercado
y venderás los artículos.
“¡Caray!, -pensó ella- si alguien del reino de mi padre viene a ese mercado y me ve sentada allí,
vendiendo, cómo se burlará de mí”.
Pero no había alternativa. Ella tenía que estar allá, a menos que escogiera morir de hambre.
La primera vez le fue muy bien, ya que la gente estaba complacida de comprar los utensilios de
la mujer porque ella tenía bonita apariencia y todos pagaban lo que ella pedía. Y algunos hasta le
daban el dinero y le dejaban allí la mercancía. De modo que ellos vivieron de lo que ella ganaba
mientras ese dinero durara. Entonces el esposo compró un montón de vajillas nuevas.
270
Con todo eso, ella se sentó en la esquina de la plaza del mercado y las colocó a su alrededor, listas
para la venta. Pero repentinamente apareció galopando un jinete aparentemente borracho y pasó
sobre las vajillas de manera que todas se quebraron en mil pedazos. Ella comenzó a llorar y no
sabía que hacer por miedo.
-¡Ay no! ¿Qué será de mí? -gritaba-. ¿Qué dirá mi esposo de todo esto?
Ella corrió a la casa y le contó a él todo su infortunio.
-¿A quién se le ocurre sentarse en la esquina de la plaza del mercado con vajillas? -dijo él.
-Deja de llorar, ya veo muy bien que no puedes hacer un trabajo ordinario, de modo que fui al
palacio de nuestro rey y le pedí si no podría encontrar un campo de criada en la cocina y me
prometieron que te tomarían y así tendrás la comida de gratis.
La hija del rey era ahora criada de la cocina, tenía que estar en el fregadero, hacer los mandados y
realizar los trabajos más sucios. En ambas bolsas de su ropa ella siempre llevaba una pequeña jarra,
en las cuales echaba lo que le correspondía de su comida para llevarla a casa y así se mantuvieron.
Sucedió que anunciaron que se iba a celebrar la boda del hijo mayor del rey, así que la pobre mujer
subió y se colocó cerca de la puerta del salón para poder ver. Cuando se encendieron todas las
candelas y la gente, cada una más elegante que la otra, entró, y todo se llenó de pompa y esplendor,
ella pensó en su destino, con un corazón triste, y maldijo el orgullo y arrogancia que la dominaron
y la llevaron a tanta pobreza.
El olor de los deliciosos platos que se servían adentro y afuera llegaron a ella, y ahora y entonces,
los sirvientes le daban a ella algunos de esos bocadillos que guardaba en sus jarras para llevar a
casa.
En un momento dado entró el hijo del rey, vestido en terciopelo y seda, con cadenas de oro en
su garganta. Y cuando él vio a la bella criada parada por la puerta, la tomó de la mano y hubiera
bailado con ella. Pero ella rehusó y se atemorizó mucho, ya que vio que era el rey Pico de Tordo, el
pretendiente que ella había echado con burla. Su resistencia era indescriptible. Él la llevó al salón,
pero los hilos que sostenían sus jarras se rompieron, estas cayeron, la sopa se regó, y los bocadillos
se esparcieron por todo lado. Y cuando la gente vio aquello, se soltó una risa generalizada y
burla por doquier, y ella se sentía tan avergonzada que desearía estar kilómetros bajo tierra en ese
momento. Ella se soltó y corrió hacia la puerta y se hubiera ido, pero en las gradas un hombre la
sostuvo y la llevó de regreso. Se ijó de nuevo en el rey y conirmó que era el rey Pico de Tordo.
Entonces él le dijo cariñosamente:
-No tengas temor. Yo y el músico que ha estado viviendo contigo en aquel tugurio, somos la misma
persona. Por amor a ti, yo me disfracé, y también yo fui el jinete loco que quebró tu vajilla. Todo
eso lo hice para abatir al espíritu de orgullo que te poseía y castigarte por la insolencia con que te
burlaste de mí.
Entonces ella lloró amargamente y dijo:
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-He cometido un grave error y no valgo nada para ser tu esposa.
Pero él respondió:
-Confórtate, los días terribles ya pasaron, ahora celebremos nuestra boda.
Entonces llegaron cortesanas y la vistieron con los más espléndidos vestidos y su padre y la corte
entera llegó, y le desearon a ella la mayor felicidad en su matrimonio con el rey Pico de Tordo. Y
que la dicha vaya en crecimiento. Son mis deseos, pues yo también estuve allí.
272
273
BLANCANIEVES
Era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como blancas plumas. La Reina
cosía junto a una ventana, cuyo marco era de ébano. Y como mientras cosía miraba caer los copos,
con la aguja se pinchó un dedo, y tres gotas de sangre fueron a caer sobre la nieve. El rojo de la
sangre se destacaba bellamente sobre el fondo blanco, y ella pensó: “¡Ah, si pudiere tener una hija
que fuere blanca como nieve, roja como la sangre y negra como el ébano de esta ventana!”. No
mucho tiempo después le nació una niña que era blanca como la nieve, sonrosada como la sangre
y de cabello negro como la madera de ébano; y por eso le pusieron por nombre Blancanieves. Pero
al nacer ella, murió la Reina.
Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva Reina era muy bella, pero orgullosa y altanera,
y no podía sufrir que nadie la aventajase en hermosura. Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que
se miraba en él, le preguntaba:
-Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa? -y el espejo le
contestaba, invariablemente:
-Señora Reina, eres la más hermosa en todo el país.
La Reina quedaba satisfecha, pues sabía que el espejo decía siempre la verdad. Blancanieves fue
creciendo y se hacía más bella cada día. Cuando cumplió los siete años, era tan hermosa como la
luz del día y mucho más que la misma Reina. Al preguntar ésta un día al espejo:
-Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa? -respondió el espejo:
-Señora Reina, tú eres como una estrella, pero Blancanieves es mil veces más bella.
Se espantó la Reina, palideciendo de envidia y, desde entonces, cada vez que veía a Blancanieves
sentía que se le revolvía el corazón; tal era el odio que abrigaba contra ella. Y la envidia y la
soberbia, como las malas hierbas, crecían cada vez más altas en su alma, no dejándole un instante
de reposo, de día ni de noche.
Finalmente, llamó un día a un servidor y le dijo:
274
-Llévate a la niña al bosque; no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La matarás, y en prueba
de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y su hígado.
Obedeció el cazador y se marchó al bosque con la muchacha. Pero cuando se disponía a clavar su
cuchillo de monte en el inocente corazón de la niña, se echó ésta a llorar:
-¡Piedad, buen cazador, déjame vivir! -suplicaba-. Me quedaré en el bosque y jamás volveré al
palacio.
Y era tan hermosa, que el cazador, apiadándose de ella, le dijo:
-¡Márchate entonces, pobrecilla!
Y pensó: “No tardarán las ieras en devorarte”.
Sin embargo, le pareció como si se le quitase una piedra del corazón por no tener que matarla. Y
como acertara a pasar por allí un cachorro de jabalí, lo degolló, le sacó los pulmones y el hígado,
y se los llevó a la Reina como prueba de haber cumplido su mandato. La perversa mujer los
entregó al cocinero para que se los guisara, y se los comió convencida de que comía la carne de
Blancanieves.
La pobre niña se encontró sola y abandonada en el inmenso bosque. Se moría de miedo, y el menor
movimiento de las hojas de los árboles le daba un sobresalto. No sabiendo qué hacer, echó a correr
por entre espinos y piedras puntiagudas, y los animales de la selva pasaban saltando por su lado
sin causarle el menor daño. Siguió corriendo mientras la llevaron los pies y hasta que se ocultó el
sol. Entonces vio una casita y entró en ella para descansar.
Todo era diminuto en la casita, pero tan primoroso y limpio, que no hay palabras para describirlo.
Había una mesita cubierta con un mantel blanquísimo, con siete minúsculos platitos y siete vasitos;
y al lado de cada platito había su cucharilla, su cuchillito y su tenedorcito. Alineadas junto a la
pared se veían siete camitas, con sábanas de inmaculada blancura.
Blancanieves, como estaba muy hambrienta, comió un poquito de legumbres y un bocadito de
pan de cada plato, y bebió una gota de vino de cada copita, pues no quería tomarlo todo de uno
solo. Luego, sintiéndose muy cansada, quiso echarse en una de las camitas; pero ninguna era de su
medida: resultaba demasiado larga o demasiado corta; hasta que, por in, la séptima le vino bien;
se acostó en ella, se encomendó a Dios y se quedó dormida.
Cerrada ya la noche, llegaron los dueños de la casita, que eran siete enanos que se dedicaban a
excavar minerales en el monte. Encendieron sus siete lamparillas y, al iluminarse la habitación,
vieron que alguien había entrado, pues las cosas no estaban en el orden en que ellos las habían
dejado al marcharse.
Dijo el primero:
-¿Quién se sentó en mi sillita?
275
El segundo:
-¿Quién ha comido de mi platito?
El tercero:
-¿Quién ha cortado un poco de mi pan?
El cuarto:
-¿Quién ha comido de mi verdurita?
El quinto:
-¿Quién ha pinchado con mi tenedorcito?
El sexto:
-¿Quién ha cortado con mi cuchillito?
Y el séptimo:
-¿Quién ha bebido de mi vasito?
Luego, el primero, recorrió la habitación y viendo un pequeño hueco en su cama, exclamó alarmado:
-¿Quién se ha subido en mi camita?
Acudieron corriendo los demás y exclamaron todos:
-¡Alguien estuvo echado en la mía!
Pero el séptimo, al examinar la suya, descubrió a Blancanieves, dormida en ella. Llamó entonces a
los demás, los cuales acudieron presurosos y no pudieron reprimir sus exclamaciones de admiración
cuando, acercando las siete lamparillas, vieron a la niña.
-¡Oh, Dios mío; oh, Dios mío! -decían-, ¡qué criatura más hermosa!
Y fue tal su alegría, que decidieron no despertarla, sino dejar que siguiera durmiendo en la camita.
El séptimo enano se acostó junto a sus compañeros, una hora con cada uno, y así transcurrió la
noche. Al clarear el día se despertó Blancanieves y, al ver a los siete enanos, tuvo un sobresalto.
Pero ellos la saludaron afablemente y le preguntaron:
-¿Cómo te llamas?
-Me llamo Blancanieves -respondió ella.
-¿Y cómo llegaste a nuestra casa? -siguieron preguntando los hombrecillos. Entonces ella les contó
que su madrastra había dado orden de matarla, pero que el cazador le había perdonado la vida, y
ella había estado corriendo todo el día, hasta que, al atardecer, encontró la casita.
276
Dijeron los enanos:
-¿Quieres cuidar de nuestra casa? ¿Cocinar, hacer las camas, lavar, remendar la ropa y mantenerlo
todo ordenado y limpio? Si es así, puedes quedarte con nosotros y nada te faltará.
-¡Sí! -exclamó Blancanieves-. Con mucho gusto -y se quedó con ellos.
A partir de entonces, cuidaba la casa con todo esmero. Por la mañana, ellos salían a la montaña en
busca de mineral y oro, y al regresar, por la tarde, encontraban la comida preparada. Durante el día,
la niña se quedaba sola, y los buenos enanitos le advirtieron:
-Guárdate de tu madrastra, que no tardará en saber que estás aquí. ¡No dejes entrar a nadie!
La Reina, entretanto, desde que creía haberse comido los pulmones y el hígado de Blancanieves,
vivía segura de volver a ser la primera en belleza. Se acercó un día al espejo y le preguntó:
-Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa? -y respondió el espejo:
-Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves,
que es mil veces más bella.
La Reina se sobresaltó, pues sabía que el espejo jamás mentía, y se dio cuenta de que el cazador la
había engañado, y que Blancanieves no estaba muerta. Pensó entonces en otra manera de deshacerse
de ella, pues mientras hubiese en el país alguien que la superase en belleza, la envidia no la dejaría
reposar. Finalmente, ideó un medio. Se tiznó la cara y se vistió como una vieja buhonera, quedando
completamente desconocida.
Así disfrazada se dirigió a las siete montañas y, llamando a la puerta de los siete enanitos, gritó:
-¡Vendo cosas buenas y bonitas!
Se asomó Blancanieves a la ventana y le dijo:
-¡Buenos días, buena mujer! ¿Qué traes para vender?
-Cosas inas, cosas inas -respondió la Reina-. Lazos de todos los colores -y sacó uno trenzado de
seda multicolor.
“Bien puedo dejar entrar a esta pobre mujer”, pensó Blancanieves y, abriendo la puerta, compró el
primoroso lacito.
-¡Qué linda eres, niña! -exclamó la vieja-. Ven, que yo misma te pondré el lazo.
Blancanieves, sin sospechar nada, se puso delante de la vendedora para que le atase la cinta
alrededor del cuello, pero la bruja lo hizo tan bruscamente y apretando tanto, que a la niña se le
cortó la respiración y cayó como muerta.
-¡Ahora ya no eres la más hermosa! -dijo la madrastra y se alejó precipitadamente.
277
Al cabo de poco rato, ya anochecido, regresaron los siete enanos. Imagínense su susto cuando
vieron tendida en el suelo a su querida Blancanieves, sin moverse, como muerta. Corrieron a
incorporarla y viendo que el lazo le apretaba el cuello, se apresuraron a cortarlo. La niña comenzó
a respirar levemente, y poco a poco fue volviendo en sí. Al oír los enanos lo que había sucedido,
le dijeron:
-La vieja vendedora no era otra que la malvada Reina. Guárdate muy bien de dejar entrar a nadie,
mientras nosotros estemos ausentes.
La mala mujer, al llegar a palacio, corrió ante el espejo y le preguntó:
-Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa? -y respondió el espejo,
como la vez anterior:
-Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves,
que es mil veces más bella.
Al oírlo, del despecho, toda la sangre le aluyó al corazón, pues supo que Blancanieves continuaba
viviendo. “Esta vez -se dijo- idearé una trampa de la que no te escaparás”, y valiéndose de las artes
diabólicas en que era maestra, fabricó un peine envenenado. Luego volvió a disfrazarse, adoptando
también la igura de una vieja, y se fue a las montañas y llamó a la puerta de los siete enanos.
-¡Buena mercancía para vender! -gritó.
Blancanieves, asomándose a la ventana, le dijo:
-Sigue tu camino, que no puedo abrirle a nadie.
-¡Al menos podrás mirar lo que traigo! -respondió la vieja y, sacando el peine, lo levantó en el aire.
Pero le gustó tanto el peine a la niña que, olvidándose de todas las advertencias, abrió la puerta.
Cuando se pusieron de acuerdo sobre el precio dijo la vieja:
-Ven que te peinaré como Dios manda.
La pobrecilla, no pensando nada malo, dejó hacer a la vieja; mas apenas hubo ésta clavado el peine
en el cabello, el veneno produjo su efecto y la niña se desplomó insensible.
-¡Dechado de belleza -exclamó la malvada bruja-, ahora sí que estás lista! -y se marchó.
Pero, afortunadamente, faltaba poco para la noche, y los enanitos no tardaron en regresar.
Al encontrar a Blancanieves inanimada en el suelo, enseguida sospecharon de la madrastra y,
buscando, descubrieron el peine envenenado. Se lo quitaron rápidamente y, al momento, volvió la
niña en sí y les explicó lo ocurrido. Ellos le advirtieron de nuevo que debía estar alerta y no abrir
la puerta a nadie.
La Reina, de regreso en palacio, fue directamente a su espejo:
278
-Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa? -y como las veces
anteriores, respondió el espejo, al in:
-Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves,
que es mil veces más bella.
Al oír estas palabras del espejo, la malvada bruja se puso a temblar de rabia.
-¡Blancanieves morirá -gritó-, aunque me haya de costar a mí la vida!
Y, bajando a una cámara secreta donde nadie tenía acceso sino ella, preparó una manzana con un
veneno de lo más virulento. Por fuera era preciosa, blanca y sonrosada, capaz de hacer la boca
agua a cualquiera que la viese. Pero un solo bocado signiicaba la muerte segura. Cuando tuvo
preparada la manzana, se pintó nuevamente la cara, se vistió de campesina y se encaminó a las
siete montañas, a la casa de los siete enanos. Llamó a la puerta. Blancanieves asomó la cabeza a
la ventana y dijo:
-No debo abrir a nadie; los siete enanitos me lo han prohibido.
-Como quieras -respondió la campesina-. Pero yo quiero deshacerme de mis manzanas. Mira, te
regalo una.
-No -contestó la niña-, no puedo aceptar nada.
-¿Temes acaso que te envenene? -dijo la vieja-. Fíjate, corto la manzana en dos mitades: tú te
comes la parte roja, y yo la blanca.
La fruta estaba preparada de modo que sólo el lado encarnado tenía veneno. Blancanieves miraba
la fruta con ojos codiciosos, y cuando vio que la campesina la comía, ya no pudo resistir. Alargó la
mano y tomó la mitad envenenada. Pero no bien se hubo metido en la boca el primer trocito, cayó
en el suelo, muerta. La Reina la contempló con una mirada de rencor, y, echándose a reír, dijo:
-¡Blanca como la nieve; roja como la sangre; negra como el ébano! Esta vez, no te resucitarán los
enanos.
Y cuando, al llegar a palacio, preguntó al espejo:
-Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa? -le respondió el
espejo, al in:
-Señora Reina, eres la más hermosa en todo el país.
Sólo entonces se aquietó su envidioso corazón, suponiendo que un corazón envidioso pudiera
aquietarse.
Los enanitos, al volver a su casa aquella noche, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, sin
que de sus labios saliera el hálito más leve. Estaba muerta. La levantaron, miraron si tenía encima
algún objeto emponzoñado, la desabrocharon, le peinaron el pelo, la lavaron con agua y vino, pero
279
todo fue inútil. La pobre niña estaba muerta y bien muerta. La colocaron en un ataúd, y los siete,
sentándose alrededor, la estuvieron llorando por espacio de tres días. Luego pensaron en darle
sepultura; pero viendo que el cuerpo se conservaba lozano, como el de una persona viva, y que sus
mejillas seguían sonrosadas, dijeron:
-No podemos enterrarla en el seno de la negra tierra -y mandaron fabricar una caja de cristal
transparente que permitiese verla desde todos los lados. La colocaron en ella y grabaron su nombre
con letras de oro: “Princesa Blancanieves”. Después transportaron el ataúd a la cumbre de la
montaña, y uno de ellos, por turno, estaba siempre allí velándola. Y hasta los animales acudieron a
llorar a Blancanieves: primero, una lechuza; luego, un cuervo y, inalmente, una palomita.
Y así estuvo Blancanieves mucho tiempo, reposando en su ataúd, sin descomponerse, como
dormida, pues seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y con el cabello negro
como ébano. Sucedió, entonces, que un príncipe que se había metido en el bosque se dirigió a la
casa de los enanitos, para pasar la noche. Vio en la montaña el ataúd que contenía a la hermosa
Blancanieves y leyó la inscripción grabada con letras de oro. Dijo entonces a los enanos:
-Denme el ataúd, pagaré por él lo que me pidan.
Pero los enanos contestaron:
-Ni por todo el oro del mundo lo venderíamos.
-En tal caso, regálenmelo -propuso el príncipe-, pues ya no podré vivir sin ver a Blancanieves. La
honraré y reverenciaré como a lo que más quiero.
Al oír estas palabras, los hombrecillos sintieron compasión del príncipe y le regalaron el féretro.
El príncipe mandó que sus criados lo transportasen en hombros. Pero ocurrió que en el camino
tropezaron contra una mata, y de la sacudida saltó de la garganta de Blancanieves el bocado de la
manzana envenenada, que todavía tenía atragantado. Y, al poco rato, la princesa abrió los ojos y
recobró la vida.
Levantó la tapa del ataúd, se incorporó y dijo:
-¡Dios Santo!, ¿dónde estoy?
Y el príncipe le respondió, loco de alegría:
-Estás conmigo -y después de explicarle todo lo ocurrido, le dijo:
-Te quiero más que a nadie en el mundo. Ven al castillo de mi padre y serás mi esposa.
Accedió Blancanieves y se marchó con él al palacio, donde enseguida se dispuso la boda, que
debía celebrarse con gran magniicencia y esplendor.
A la iesta fue invitada también la malvada madrastra de Blancanieves. Una vez que se hubo
ataviado con sus vestidos más lujosos, fue al espejo y le preguntó:
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-Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa? -y respondió el espejo:
-Señora Reina, eres aquí como una estrella, pero la reina joven es mil veces más bella.
La malvada mujer soltó una palabrota y tuvo tal sobresalto, que quedó como fuera de sí. Su primer
propósito fue no ir a la boda. Pero la inquietud la roía, y no pudo resistir al deseo de ver a aquella
joven reina. Al entrar en el salón reconoció a Blancanieves y fue tal su espanto y pasmo, que se
quedó clavada en el suelo sin poder moverse. Pero habían puesto ya al fuego unas zapatillas de
hierro y estaban incandescentes. Tomándolas con tenazas, la obligaron a ponérselas, y hubo de
bailar con ellas hasta que cayó muerta.
281
FIN
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